Editorial / diciembre 2020

¿Adónde hallar el tesoro que esconde la Navidad?

Feliz navidad, nos deseamos unos a otros. Esta expresión se multiplica una y otra vez por esta temporada. Pero para encontrar el tesoro que esconde hay que referir, paso a paso, todo lo que esto implica.

Lo primero, es preguntarnos ¿qué es la felicidad? ¿Cómo entiendo yo eso de ser feliz? Para definir este misterio de algo que se parece a un tesoro escondido, no queda más remedio que filosofar.

¿Quién soy yo? Lo primero sería reconocerme como un ser dotado de intencionalidad: me encuentro a mí mismo como un microcosmos, como un símbolo de todo el universo. Cada uno de nosotros posee, además de una materia que se asemeja al polvo de todas las estrellas, un núcleo de múltiples intencionalidades: Soy capaz de conocer, de tener sentimientos, de decidir, y de amar de una manera única e irrepetible. Mi intencionalidad natural y cultural tiene que ver con algo que es espiritual, que está abierto a lo ilimitado y que, por lo mismo, es un misterio inabarcable si lo consideramos en su totalidad. De este ser con espíritu nos viene la infinita dignidad que cada persona posee y esta es la base para reconocer y fundar los derechos y deberes humanos fundamentales que a todos nos deben ser respetados. Los que tenemos esperanza de que hay una salida para el COVID 19, vemos la luz al final del túnel principalmente en la vacuna y en la deseable cura para que, si es posible nadie se contagie. Que, en todo caso, y finalmente, se pueda vencer a la enfermedad. Que todos los enfermos puedan superar su condición de víctimas de esta pandemia y curarse porque, actualmente, el contagio es mortal para una cifra cercana al 10% de los infectados. Así, en medio de esta crisis, decimos que seríamos “felices” si podemos curarnos y salir y superar definitivamente el peligro de contagio en que vivimos y de los desastres económicos que, por esta causa, han sobrevenido a la inmensa mayoría. A causa de la crisis, el mundo entero empieza a hacer planes para liberarse de este mal, y se ha propuesto empezar por los más desfavorecidos social y económicamente. Y ojalá que esa crisis nos enseñe también a practicar en la vida social, económica y política una solidaridad que acabe con las demás crisis de enfermedad, miseria e inequidad. Hoy vemos como un mínimo deseable una medicina social para todos y una manera comunitaria de vivir que incluya el acceso al trabajo, al techo y a la tierra, como elementos esenciales para poder aspirar a una vida mejor. Pero querer ser felices abarca mucho más que salir de nuestros males y problemas, implica un preguntarse el para qué vinimos a este mundo y qué significado y valor tiene el estar vivos. Algunos se conforman con la felicidad que implica salir de los males mayores que nos aquejan. Pero para otros muchos que han superado estos males se preguntan ¿QUÉ MÁS BIENES vamos a necesitar para una felicidad que se aspira a que sea total e inacabable, sin tener ya jamás preocupaciones por perderla; por enfermarse y morir? Porque con la muerte se pierde lo poco o lo mucho de lo material logrado en esta vida. ¿Sera posible seguir en la ruta de llegar a poseer el Bien que se intuye que es el Supremo Bien? En la búsqueda de este tesoro total está la base de la felicidad verdadera y de todas las aspiraciones humanas. En esa búsqueda mucho tiene que ver estas fechas que los cristianos reconocemos como las fiestas de la Navidad. El camino indispensable para una Feliz Navidad viene siendo salir del propio egoísmo y encontrar al OTRO; al igual a mí en dignidad, y en lograr para los que más lo necesitan, el mayor bien que nos sea posible ayudarles a encontrar que es, precisamente la felicidad total. En la celebración auténtica de la Navidad, muchos han empezado a encontrar que en el servicio a los demás, en el socorro a los más pobres y necesitados, al imitar al Buen Samaritano, es cuando se empieza a encontrar la alegría y la paz. Es como nos acercamos a la felicidad.

Cumplir la regla de oro de la moral de hacer con “el otro” lo que quisiéramos que él hiciese por mí, es como adelantamos en el camino a la felicidad auténtica, que no puede terminar en esta vida efímera. El cristiano, que tiene fe en la persona del niño Jesús venido al mundo para servir a los más pobres y sencillos, creo que es el que mejor va aprendiendo a amar con generosidad y alegría y empieza, al mismo tiempo, a acercarse a tomar posesión del tesoro de una felicidad que nunca se acaba.

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