¿CUÁNDO DA MÁS FRUTOS LA SOLIDARIDAD?

Una persona que quiera madurar siempre tiene que darse cuenta
de que su vida personal sólo se puede enriquecer adecuadamente
practicando el servicio desinteresado a los demás; es decir,
tomando como una virtud personal el practicar la justicia y el amor
a los demás que parte del amor legítimo que uno debe tenerse a
sí mismo. Las cosas empiezan a cambiar cuando dejamos de ser
adolescentes centrados en nuestros propios egoísmos, salimos
del yo y empezamos a ser solidarios con los demás. Esto ocurre,
normalmente, gracias al genuino amor que hemos experimentado
en nuestra propia familia.
Bien sabido es que el hombre sólo se realiza
verdaderamente a sí mismo cuando ama, cuando busca de la
mejor manera posible el mayor bien para sí mismo y, para los
demás. Y aunque el amor tenga, en realidad, muchas facetas,
todas ellas culminan cuando se descubre al amor de benevolencia
que consiste en amar al otro por ser él mismo y no por el interés o
por la satisfacción que ese amor pueda reportarme.


Si partimos de razonar nuestras capacidades psíquicas nos damos
cuenta de que éstas no terminan con el mero afán de conservar la
vida. Descubrimos, en buena hora, esa filantropía no como algo
para practicarlo con acciones aisladas y de manera opcional y
transitoria, sino como una práctica permanente de las virtudes. El
amor a los demás pasa a formar parte de nuestra vida y pasa a ser
visto como una verdad absoluta. Llegamos a hacer de él una virtud
a la que hoy se le ha dado el nombre de solidaridad; es decir, una
persona sólo se convierte en solidaria cuando el amor y la justicia
pasan a ser la fundamentación moral objetiva de toda su vida. Los
creyentes reconocemos que para poder lograr esto necesitamos
siempre de la ayuda y de la compañía de Dios que nunca nos la
niega si se la pedimos.


La libertad concebida al estilo de Sartre, como valor absoluto,
conduce al sinsentido. O bien, si la realidad que vivimos se percibe,
al estilo de Nietzsche como algo ajeno a la moral, en ese caso
también se desconoce que la fundamentación moral objetiva de la
vida sólo puede identificarse con la verdad y con el bien.


El liberal capitalismo radicaliza la libertad. El marxismo hace lo
mismo con la igualdad. Pero igualdad y libertad se necesitan una
a otra, porque así lo exige la dignidad humana que nos mueve a
actuar con libertad.


Hay hedonistas a los que su materialismo los lleva a adorar
el placer que centra la “felicidad” en el consumo de bienes.
Por otra parte, la ética racionalista del deber por deber se olvida
de la auténtica felicidad.
Ambos errores coinciden en un centrarse en el yo sin referencia
alguna en los demás. Pero sólo volviéndonos hacia la realidad de
la vida y a la dignidad de la persona es que podemos descubrir la
paradoja de la felicidad. En el amor a uno mismo abierto al amor a
las otras personas y al bien común encontramos la única manera
como poder tomar con éxito el camino verdadero a la felicidad.
Los materialismos, tanto el liberal-capitalista como el marxista, no
respetan la necesaria articulación entre la igualdad y la libertad
siendo que esta articulación es imprescindible en la vida social y
todos tenemos el deber de perfeccionarla continuamente. Hay que
aceptar que la justicia, en este mundo, nunca alcanza a ser total;
que ha de ser continuamente reinstaurada. La creatividad de nuestro
trabajo deberá estar centrada primero que nada en la familia porque
es en ella y en los grupos pequeños donde aprendemos mejor a vivir la
solidaridad humana.


En la familia ninguno de sus miembros es prescindible. En la
sociedad ningún humano debe resultar excluido.


La pandemia actual nos ha mostrado con mucha claridad
la grandeza de la ayuda solidaria de los unos a los otros.
En lo económico la entrada a la miseria de muchos y la posibilidad
de morir solos y sin ayuda alguna ha puesto en su lugar muchas
cosas de cómo sería necesario vivir para que ninguna persona se
quede sola y sin auxilio. Nos ha mostrado como la economía o se
da solidariamente o nunca será puesta al verdadero servicio del
Hombre. La destrucción de la especie humana viene como una
consecuencia necesaria de una sociedad que vive de manera
inequitativa y perversa. Ese puede ser el único resultado final de
que los ricos se hagan cada día más ricos y los miserables se
extiendan cada día más en la faz de la tierra.
Espontáneamente mucha gente generosa se está organizando
para dar de comer al hambriento y para inventar trabajos creativos
para poder superar la difícil subsistencia agravada más por esta
crisis. Los médicos, enfermeras y demás trabajadores de la salud
que están en el frente para salvar vidas por fortuna han empezado
a recibir ayudas, apoyos y reconocimientos en vez de abandono,
incomprensión e ingratitud.
Nuevas OSC han nacido en esta crisis. Desearíamos que muchas
de ellas se quedaran a vivir con nosotros para siempre. Desearíamos
que los gobiernos entendieran que solos no
pueden hacer frente a la crisis; que nos necesitan a todos y que el
impulso a las organizaciones es precisamente la forma más
rentable para salir adelante. Si los gobiernos y la sociedad civil se
unen y coordinan para articular todas las ayudas, estas ayudas
tendrán que producir necesariamente más frutos.
Si los gobiernos insisten en despreciar la colaboración
de la sociedad civil y en función de acaparar y centralizar todas las
ayudas, al estilo soviético, el fracaso se hará evidente. Si en estas
crisis los gobiernos se dedican a incrementar los conflictos entre
las clases; si no apoyan la iniciativa de quienes se proponen crear
trabajos para recuperarnos, la crisis no terminará.
La solidaridad da más frutos cuando incluye a todos los
que quieren ayudar, cuando se les atrae y coordina para que se
unan de tal manera que sus iniciativas estén bien planeadas y
organizadas para que pueda operar ese todos a una que implica
el éxito de una sociedad democrática, incluyente, generosa que
produce buenos y abundantes resultados económicos, políticos y
sociales.
La solidaridad así caracterizada es la única que puede
producir “intereses sobre intereses” como es el sueño de los que
atesoran dinero sólo para sí mismos. Es decir, hay otra clase de
frutos que son morales y que también pueden ser crecientes y
abundantes y que puede dar la solidaridad de la que está tan
urgido este mundo.
Lo contrario, la incomprensión y la torpeza de los
gobiernos que se empeñan en seguir una ideología centralizadora
y exclusivista, sólo lograrán prolongar y ampliar el dolor y el
abandono. La Solidaridad es Expansiva y Multiplicadora.

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