¿A QUIÉN LE TOCA ESTAR AL FRENTE Y SUFRIR LOS RIESGOS MAYORES?


Primero que nadie a los médicos y enfermeras y afanadores del sector de la salud. La vocación los empuja al amor. Yo no he conocido hasta hoy a ningún médico ni enfermera que invoque el imperativo categórico kantiano y me diga que quiere cumplir su deber por el deber mismo y que no piense en nada más. El ser humano, ícono del universo creado a imagen de Dios, aunque no sea creyente, tiene que buscar la finalidad o la razón de ser del amor que prodiga en circunstancias tan duras y difíciles. Y esta clase de amor no puede ni debe identificarse ni con un puro sentimentalismo ni menos una tautología racionalista que no puede echar raíces en la realidad del corazón, ni de la razón ni de la voluntad de las personas.
Si buscamos a fondo los por qué y los para qué del actuar heroico de estos servidores que enfrentan sin armas suficientes el horror de la muerte tendríamos que asomarnos al misterio. Se lee en el libro de Oseas (14, 2. 5): “Vuelve, Israel, al Señor tu Dios, pues tus culpas te han hecho caer… Yo sanaré su infidelidad, los amaré con amor genuino” Es en efecto, es el amor gratuito el que está en juego. Es por eso y no porque los enfermos y la sociedad en general se merezcan siempre el heroísmo. Para amar a fondo la dignidad del Hombre, debe el que practica este amor ponerse por encima aún de la ingratitud y de la doblez de mucha gente; tiene que pasar por encima de todos los obstáculos llámense decepciones, tristezas y cóleras de muchos de los beneficiarios de su trabajo. Ese heroísmo que ama ha de basarse en una misericordia tal por las personas, que se asemeje al amor de Dios que no se funda únicamente en la justicia y el derecho, sino también en el afecto y la ternura. Amar, pues, de tal manera que se sobrepase, incluso, toda esperanza razonable de poder librar de la muerte y sanar a sus pacientes.
En segundo lugar, están en la primera línea de acción todos aquellos que desempeñan trabajos esenciales para la subsistencia de todos nosotros. Los que tienen que salir a arriesgarse para que comamos, para transportar todo lo que necesitamos con urgencia, para producir todo aquello de lo que no podemos prescindir.
En tercer y último lugar, están las Organizaciones de la Sociedad Civil, hoy tan defenestradas y despreciadas por los políticos en el poder a los que se les hace muy fácil lanzar por la ventana (eso quiere decir defenestrar) las labores altruistas realizadas también con un amor auténtico y que muchas veces tiene que superar incluso la desesperanza y la ingratitud de algunos. Hoy más que nunca surgen nuevos voluntarios para ayudar y cuidar a los más desamparados que los gobiernos solos jamás podrían socorrer. Es la sociedad civil sin la que no podría subsistir la humanidad ni los gobiernos podrían cumplir con sus funciones más elementales. Parece un cuento kafkiano que, en estas circunstancias, precisamente cuando sufrimos una crisis tan extrema, haya quienes no reconozcan el valor de quienes dan de lo suyo para que otros no perezcan. Ojalá y todos nos pongamos a dar de comer ya, a los muy numerosos hambrientos. Como lo hacen distintas iglesias y parroquias de nuestras comunidades.
De paso, hay que reconocer también el amor con el que muchos policías y otros servidores públicos, entre ellos el ejército mismo, cumplen hoy con gran convencimiento y amor con sus labores heroicas.

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